Levée en masse
Francia inventó la nación en armas; la reacción contra ella inventó las naciones que responderían.
Cuándo ocurrió
- 1789 The Declaration of the Rights of Man Sovereignty relocated from the king to the nation, which changes what may be demanded of a citizen.
- 23 August 1793 The levée en masse Not an age cohort: everyone, permanently. Young men to fight, women to the hospitals, old men carried into the squares to preach hatred of kings.
- 1798 The Jourdan law Conscription becomes a permanent institution, with annual classes and registers.
- 1805–07 Ulm, Austerlitz, Jena, Friedland A professional eighteenth-century military culture meeting a mobilised nineteenth-century one.
- 14 October 1806 Jena–Auerstedt Prussia loses half its territory in a day, and concludes that France had something it did not: a population that considered the state its own.
- 1807 The Prussian reforms begin Serfdom abolished, the officer corps opened in principle to merit, a short-service reserve devised to evade the cap on the standing army.
- 1807–08 Fichte’s Addresses to the German Nation A nation grounded in language rather than politics, to be produced by schooling every child, which is an admission that it does not yet exist.
- 1812 Russia An army of around 600,000 destroyed. The Napoleonic wars killed between three and six million people.
- 1815 The template is complete and exportable
- 1817 The Wartburg festival Students burn "un-German" books. The Grimms are out collecting the tales that will prove the Volk exists.
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«Desde este momento hasta aquel en que el enemigo haya sido expulsado del suelo de la República, todos los franceses quedan en requisición permanente para el servicio de los ejércitos.»
— Decreto de la Convención Nacional, 23 de agosto de 1793Vuelva a leer ese decreto despacio, porque es una de las frases más importantes de la historia moderna y suele archivarse bajo administración militar.
No recluta a una quinta de una edad. Requisa a todos, de forma permanente, hasta que el Estado diga otra cosa. El texto pasa luego a repartir papeles: los jóvenes a combatir, los casados a forjar armas y transportar suministros, las mujeres a hacer tiendas y servir en los hospitales, los niños a deshilachar lienzo viejo para vendas, los ancianos a ser llevados a las plazas para predicar el odio a los reyes. Los edificios públicos se convierten en cuarteles, se excavan las bodegas en busca de salitre, se toman los caballos de la nación.
Antes de 1793, las guerras europeas las libraban ejércitos profesionales de tamaño limitado, pagados con el tesoro, y un campesino podía no enterarse de que había habido una hasta que llegaban los forrajeadores. Después de 1793, todo el capital humano y material de una sociedad es por defecto un recurso bélico. Todo lo que sigue en el cuarto movimiento de esta crónica (la escuela del capítulo 13, la ideología racial del capítulo 14, las dos guerras industriales) desciende de esa redefinición.
Por qué lo hizo la República
No por teoría. Por pánico.
En la primavera de 1793 la Francia revolucionaria estaba en guerra con Austria, Prusia, Gran Bretaña, España, la República Neerlandesa y Cerdeña; la estaba en revuelta armada; Lyon, Marsella y Tolón estaban sublevadas, con Tolón entregado a una flota británica; y el viejo cuerpo de oficiales realista había emigrado en buena parte. Una leva anterior de 300.000 hombres, en febrero, había contribuido a encender la propia Vendée.
La respuesta de la Convención fue convertir una crisis de efectivos en una afirmación sobre quién era el ejército. Si la soberanía reside en la nación, entonces defender la nación no es un servicio que el ciudadano vende; es un deber que la nación puede ordenar. Lazare Carnot, el «organizador de la victoria», construyó la maquinaria: catorce ejércitos, la amalgama de voluntarios en bruto con los regulares supervivientes, el ascenso por competencia demostrada y no por nacimiento, y la industria requisada. Hacia 1794 Francia había puesto en armas del orden de 750.000 hombres, muy por encima de lo que podían igualar sus rivales.1
La palabra para el lado humano del método era el amalgame: en vez de dejar a los voluntarios entusiastas pero sin instrucción de 1791 y 1792 en sus propios batallones, Carnot los encuadró con los restos de los viejos regimientos de línea reales, de modo que la disciplina y la convicción se enseñaran mutuamente. El lado material se movilizó con la misma totalidad que había anunciado el decreto. París se convirtió en un arsenal; las campanas de las iglesias bajaron para refundirse en cañones; brigadas requisadas rascaban salitre de las paredes de las bodegas; los científicos de la República, Monge y Berthollet entre ellos, escribieron manuales de urgencia sobre acero y pólvora; y en Fleurus, en junio de 1794, un globo de observación francés colgó sobre el campo de batalla, la primera aeronave militar de la historia europea. Poco de esto era eficiente según criterios posteriores. Todo ello estableció el principio: en tiempo de guerra no hay economía civil, solo la economía de guerra y sus restos temporales.
Napoleón lo industrializa
Lo que la República improvisó, Napoleón lo sistematizó. La ley Jourdan de 1798 hizo del reclutamiento una institución permanente con quintas y registros anuales, y su primer artículo enunciaba la doctrina sin adornos: todo francés es soldado y se debe a la defensa de la patria. El sistema de cuerpos permitía que fuerzas muy grandes se movieran por separado y se concentraran para la batalla. Vivir del campo requisado permitía a los ejércitos moverse más deprisa de lo que consentían los trenes de suministros. El ascenso siguió siendo relativamente abierto, lo que significaba competencia arriba y soldados motivados abajo.
La escala de la extracción puede enunciarse con precisión, porque la extracción exige libros de cuentas. Entre 1800 y 1814 los prefectos del Imperio incorporaron a unos dos millones de franceses, sacados por sorteo de quintas anuales de veinteañeros cuyos nombres el Estado ahora conocía. Los libros registran también lo que la población opinaba de ello: jóvenes que se cortaban el dedo del gatillo o se hacían arrancar los dientes delanteros (un soldado los necesitaba para rasgar un cartucho de papel); oleadas de matrimonios sospechosamente oportunos, pues los casados estaban exentos; quintas enteras de réfractaires escondidos en bosques y sierras, alimentados por aldeas que los consideraban hijos y no delincuentes. La respuesta del Estado fue administrativa antes que retórica: columnas móviles, gendarmes y garnisaires, soldados alojados a costa de la familia incumplidora hasta que el hombre ausente se presentara. Hacia 1810 la máquina había vencido en lo esencial; las tasas de evasión, que en algunas levas tempranas se habían acercado a un tercio, cayeron a unos pocos por ciento. La historia de Alan Forrest sobre los reclutas y desertores extrae la conclusión que esta crónica necesita: el servicio militar universal fue el encuentro más sostenido que el Estado moderno tuvo jamás con su propia población rural, y el Estado construyó buena parte de su sistema nervioso moderno mientras lo ganaba.2
Los resultados entre 1805 y 1807 (Ulm, Austerlitz, Jena-Auerstedt, Friedland) no fueron una serie de días afortunados. Fueron una cultura militar profesional del siglo XVIII encontrándose con una movilizada del siglo XIX.
El coste es la parte que suele omitirse. Las guerras napoleónicas mataron a entre tres y seis millones de personas; solo la campaña de Rusia de 1812 destruyó un ejército de unos 600.000 hombres. En España, un ejército francés que había batido a toda fuerza convencional de Europa fue desgastado por una insurgencia popular que dio al mundo la palabra , y Goya registró qué aspecto tenía la contrainsurgencia vista desde abajo.
El testigo más exacto de lo que había cambiado fue un joven oficial prusiano hecho prisionero cuando su ejército se hundió en 1806. Carl von Clausewitz pasó el resto de su vida midiendo el acontecimiento, y De la guerra consigna el hallazgo sin adornos: en 1793 apareció una fuerza que superaba toda imaginación, porque la guerra había vuelto a convertirse de pronto en «asunto del pueblo», treinta millones de personas, cada una de las cuales se contaba ya como ciudadana del Estado. Una vez que la población participa, argumentó, la guerra tiende hacia su forma absoluta, porque todo lo que había mantenido pequeñas las guerras del siglo XVIII (fines dinásticos, mercenarios caros, la irrelevancia de la población súbdita) ha desaparecido. Un gabinete que pelea por una provincia puede parar; una nación que pelea por su existencia, o a la que se le ha enseñado que lo hace, no.3 Todos los gobiernos de Europa afrontaban ahora la elección en la que el suyo ya había fracasado: igualar la movilización o ser destruido por ella.
La reacción, que es el verdadero tema
El 14 de octubre de 1806 Napoleón destruyó al ejército prusiano en Jena y Auerstedt en un solo día. Prusia (el Estado militar modelo del siglo XVIII, el instrumento del propio Federico el Grande) perdió la mitad de su territorio, fue ocupada y hubo de pagar una indemnización.
La respuesta prusiana es el eje de este capítulo. Un grupo de reformadores en torno a Stein, Hardenberg, Scharnhorst y Gneisenau concluyó que Prusia había perdido porque Francia tenía algo que Prusia no: una población que consideraba suyo al Estado. Se podía confiar en que los soldados franceses forrajearan y hostigaran sin desertar porque creían ser la nación. Los soldados prusianos, súbditos adiestrados de un monarca, no.
Así que los reformadores se propusieron fabricar una. La servidumbre fue abolida en 1807; se restringió el castigo corporal en el ejército; el cuerpo de oficiales se abrió, en principio, al mérito; el sistema Krümper rotaba hombres rápidamente por el ejército de 42.000 plazas que permitía el tratado con Napoleón, entrenando calladamente una reserva que el tratado no había imaginado; se introdujo el autogobierno municipal. Y, crucialmente para el capítulo 13, se puso en marcha una reconstrucción completa de la educación bajo Wilhelm von Humboldt.4
La prueba llegó en 1813, y la nación fabricada funcionó. En diciembre de 1812 el general Yorck, al mando del cuerpo prusiano adscrito a la destrozada Grande Armée de Napoleón, firmó por su propia autoridad un convenio de neutralidad con los rusos en Tauroggen: un ejército decidiendo que respondía ante la nación antes que ante el rey, que era precisamente la transferencia de lealtad que las reformas habían, medio deliberadamente, producido. En marzo de 1813 el rey acorralado lanzó el llamamiento An Mein , «a mi pueblo», una fórmula que ningún monarca prusiano había necesitado antes; un edicto de Landwehr encuadró a la población masculina en regimientos territoriales; se instituyó la Cruz de Hierro, una condecoración abierta por primera vez a todos los rangos. Prusia puso en armas ese año en torno al seis por ciento de toda su población, una proporción que la época no había visto nunca, y la propaganda de las guerras de liberación suministró el mito fundacional en una frase repetida durante un siglo: el rey llamó, y todos, todos acudieron. Después la monarquía recuperó calladamente lo que pudo. La constitución prometida se retuvo durante una generación, se metió en cintura a la Landwehr, se vigiló a las sociedades estudiantiles patrióticas. Se había fabricado una nación para la guerra y se esperaba que se desmovilizara políticamente. No obedeció del todo, y eso es buena parte de la historia del siglo XIX.
El nacionalismo se escribe en una ciudad ocupada
En el invierno de 1807–08, en Berlín, bajo ocupación francesa, el filósofo Johann Gottlieb Fichte pronunció sus Discursos a la nación alemana. Es uno de los textos fundacionales del nacionalismo moderno, y conviene enunciar con precisión su estructura.
Fichte se dirige a una nación que políticamente no existe: no hay Alemania, solo un puñado disperso de Estados, algunos de ellos clientes de Napoleón. Sitúa su realidad, en cambio, en la lengua: los alemanes, argumenta, hablan un idioma originario e ininterrumpido y constituyen por tanto un , un pueblo originario, frente a aquellos cuyas lenguas son derivadas. Y propone un remedio: una educación nacional completamente nueva, aplicada a todos los niños, para producir alemanes donde había sajones, bávaros y prusianos. La pedagogía que recomendaba estaba adaptada del reformador suizo Pestalozzi, y debía ser total: niños sustraídos a la influencia formativa de sus familias y llevados a escuelas nacionales, donde el nuevo alemán pudiera construirse antes de que el viejo ser humano local tuviera tiempo de transmitirse.5
Tres rasgos de ese argumento reaparecen después en todas partes. La nación se define contra un ocupante o un rival. Se funda en algo reivindicado como primordial (lengua, sangre, suelo) y no en un acuerdo político. Y ha de producirse escolarizando a los niños, lo cual es una admisión de que todavía no existe.
Las demás piezas llegan con el mismo calendario. Herder ya había suministrado la idea del Volk con un espíritu propio expresado en la canción popular, y los hermanos Grimm salieron a recoger los cuentos que lo probarían, muy editados para su publicación, que es el procedimiento habitual de la tradición nacional. Ernst Moritz Arndt preguntó cuál era la patria del alemán y respondió: hasta donde se oiga la lengua alemana. En 1817 unos estudiantes quemaron libros «no alemanes» en el Wartburg. Turnvater Jahn organizó clubes de gimnasia para construir los cuerpos de la nación por venir.
Tradiciones fabricadas por encargo
Casi todo lo que hoy señala una identidad nacional antigua en Europa data de este periodo o de después, y la investigación al respecto está asentada. La invención de la tradición, de Eric Hobsbawm y Terence Ranger, reunió los casos: el sistema escocés de tartanes de clan, en gran medida una construcción comercial y romántica del siglo XIX; casi todo el ceremonial regio, rediseñado a finales del siglo XIX para públicos masivos; himnos, banderas y mitos fundacionales, en su mayoría productos decimonónicos.6
Benedict Anderson dio nombre al mecanismo: la nación como comunidad imaginada, imaginada porque ningún miembro conocerá jamás a la mayoría de los demás y, sin embargo, cada uno cree en una vida compartida y simultánea con ellos. Lo que hizo técnicamente posible esa creencia fue el capitalismo impreso: periódicos y novelas en una lengua vernácula estandarizada, leídos por desconocidos la misma mañana.7 Ernest Gellner formuló la tesis causal de manera aún más rotunda: el nacionalismo no es el despertar de las naciones a la conciencia de sí, inventa naciones donde no existen, y lo hace porque la sociedad industrial requiere una población móvil, alfabetizada y culturalmente estandarizada.8
Del estadista italiano Massimo d'Azeglio se dice que, tras la unificación, afirmó que, hecha Italia, quedaba hacer italianos. Lo dijera o no con esas palabras, es una descripción exacta del programa, y el instrumento para hacerlos fue la escuela.
El papeleo de la nación
Advierta lo que cada etapa de esta historia ha requerido calladamente. No se puede requisar a todos los franceses hasta saber quiénes son los franceses. Una quinta anual presupone que todo nacimiento del país está registrado, con fecha; un sorteo sobre nombres presupone listas de nombres, lo que presupone apellidos fijos y domicilios fijos; perseguir a un réfractaire presupone saber qué hogar debe un hijo. La Revolución quitó los registros de nacimiento, matrimonio y defunción al cura párroco en 1792 y se los dio al alcalde, y la administración napoleónica perfeccionó el resto de la maquinaria: el censo, el catastro, el prefecto, el expediente. El nombre que James C. Scott da al proyecto general es legibilidad: el largo esfuerzo por el que los Estados simplificaron las sociedades que tenían debajo (nombres estándar, medidas estándar, lengua estándar, tierra cartografiada) hasta una forma que pudiera leerse desde la capital y, por tanto, gravarse y reclutarse desde ella. Charles Tilly comprimió la historia causal en un aforismo: la guerra hizo al Estado y el Estado hizo la guerra. La nación en armas es el punto en que esas dos máquinas se funden, porque el mismo registro que encuentra al recluta entrega al escolar.9
Peasants into Frenchmen, de Eugen Weber, estableció el hecho asombroso de que la propia Francia no fue culturalmente francesa hasta finales del siglo XIX: hacia 1870, según encuestas oficiales, el francés era lengua extranjera o segunda lengua para cerca de la mitad de los ciudadanos de Francia. La Tercera República cerró la brecha exactamente con dos instrumentos, la escuela obligatoria y el servicio militar universal, funcionando el cuartel como una segunda escuela de uniforme, que mezclaba a bretones, gascones y provenzales en una lengua, un mapa y un relato. La nación que marchó en 1914 creyéndose antigua había sido, en buena parte, ensamblada al alcance de la memoria viva por esas dos instituciones.10
Y la plantilla viajó, porque las plantillas que ganan guerras siempre lo hacen. Después de 1870, cuando los reclutas de servicio corto y las reservas de Prusia aplastaron en unas semanas al ejército profesional de servicio largo de Francia, todas las potencias continentales adoptaron el modelo prusiano: reclutamiento masivo, reservas instruidas, un estado mayor general y horarios ferroviarios para llevar a toda la nación a la frontera puntualmente. El Japón Meiji promulgó el reclutamiento universal en 1873 como uno de los primeros actos de su automodernización, importando asesores prusianos junto con la doctrina; Egipto, el imperio otomano y las nuevas repúblicas latinoamericanas construyeron sus propias versiones; hacia 1914 el calendario de movilización se había vuelto tan decisivo que constreñía la diplomacia que debía controlarlo. El capítulo 14 sigue lo que ocurrió cuando las naciones movilizadas se encontraron al fin unas con otras. Y cuando esta tecnología administrativa llegó a Ruanda, llegó en la forma que describe el capítulo 24: un censo y un carné de identidad con una categoría impresa. Al papeleo de la nación le da igual cuál sea la categoría.
El nacionalismo no fue solo un arma de los Estados contra sus propias poblaciones. La misma idea armó a los movimientos anticoloniales: las independencias vietnamita, argelina, ghanesa, india y ruandesa se articularon todas en términos nacionales, y Fanon sostuvo explícitamente que una conciencia nacional era una etapa necesaria de la descolonización. La tradición de la levée respalda además al ciudadano-soldado y la idea de que un pueblo puede defenderse sin aristocracia, que es exactamente lo que el capítulo 26 describe haciendo a una generación ruandesa exiliada.
La tesis de la crónica no es que el sentimiento nacional sea siempre malo. Es que la nación moderna es un objeto fabricado, que la fabricación se emprendió en gran medida para que los Estados pudieran movilizar poblaciones para la guerra, y que la misma maquinaria que permite a un pueblo colonizado organizar su liberación permite a un Estado organizar un genocidio. A la herramienta le da igual.
Hacia delante
Hacia 1815 la plantilla está completa y disponible para la exportación. Un Estado que quiere sobrevivir necesita una nación; una nación requiere una lengua compartida, un relato compartido y un enemigo compartido; y la forma de producir las tres cosas en una población que aún no las tiene es tomar a los niños y enseñarles.
No es una lectura cínica impuesta a posteriori. Es lo que los reformadores dijeron que estaban haciendo, por escrito, en su momento. El capítulo 13 examina la institución que construyeron.
Notas
- Decreto del 23 de agosto de 1793, texto en J. M. Thompson, French Revolution Documents (Oxford: Blackwell, 1948). Sobre la transformación militar, Jean-Paul Bertaud, The Army of the French Revolution (Princeton: Princeton University Press, 1988), y David A. Bell, The First Total War (Boston: Houghton Mifflin, 2007). ↩
- Alan Forrest, Conscripts and Deserters: The Army and French Society during the Revolution and Empire (Nueva York: Oxford University Press, 1989); Isser Woloch, «Napoleonic Conscription: State Power and Civil Society», Past & Present 111 (1986). ↩
- Carl von Clausewitz, Vom Kriege (Berlín, 1832); en inglés, On War, trad. de Michael Howard y Peter Paret (Princeton: Princeton University Press, 1976), libro VIII, cap. 3B, sobre la transformación de la guerra después de 1793. ↩
- Peter Paret, Yorck and the Era of Prussian Reform, 1807–1815 (Princeton: Princeton University Press, 1966); Christopher Clark, Iron Kingdom: The Rise and Downfall of Prussia, 1600–1947 (Londres: Allen Lane, 2006), cap. 10. ↩
- Johann Gottlieb Fichte, Reden an die deutsche Nation (Berlín, 1808), esp. discursos 2, 4 y 7; la deuda con Pestalozzi es explícita en los discursos sobre educación. ↩
- Eric Hobsbawm y Terence Ranger (eds.), The Invention of Tradition (Cambridge: Cambridge University Press, 1983), esp. Hugh Trevor-Roper sobre la tradición de las Tierras Altas y David Cannadine sobre el ritual regio. ↩
- Benedict Anderson, Imagined Communities, ed. revisada (Londres: Verso, 1991), caps. 2–3. ↩
- Ernest Gellner, Nations and Nationalism (Ithaca: Cornell University Press, 1983), p. 49 y cap. 3. ↩
- James C. Scott, Seeing Like a State (New Haven: Yale University Press, 1998), parte 1; Charles Tilly, Coercion, Capital, and European States, AD 990–1992 (Oxford: Blackwell, ed. revisada de 1992); el aforismo procede del ensayo de Tilly «Reflections on the History of European State-Making», en Tilly (ed.), The Formation of National States in Western Europe (Princeton: Princeton University Press, 1975). ↩
- Eugen Weber, Peasants into Frenchmen: The Modernization of Rural France, 1870–1914 (Stanford: Stanford University Press, 1976), esp. los capítulos sobre escolarización y servicio militar. ↩
Quiénes intervinieron
- Facciones
The National Convention
The nation in arms
By the spring of 1793 France was at war with Austria, Prussia, Britain, Spain, the Dutch Republic and Sardinia; the Vendée was in revolt; Lyon, Marseille and Toulon were in rebellion; and the royal officer corps had largely emigrated. The Convention’s answer converted a crisis of manpower into a claim about who the army was. If sovereignty resides in the nation, defending it is not a service the citizen sells but a duty the nation may command.
Decree of 23 August 1793
- Figuras
Lazare Carnot
The machinery
He built what the decree only declared: fourteen armies, raw volunteers amalgamated with surviving regulars, promotion by demonstrated competence rather than birth, and requisitioned industry. By 1794 France had something on the order of 750,000 men under arms, far beyond anything its rivals could match, and the reason the coalition could not simply crush the Republic.
Bertaud, The Army of the French Revolution (1988)
- Figuras
Napoleon Bonaparte
The pre-1789 order, restored
He sent his brother-in-law Leclerc with an expedition that eventually totalled well over 40,000 troops, and restored slavery by law in May 1802. Yellow fever destroyed the expedition; Rochambeau answered with drownings, improvised gas chambers in ships’ holds, and dogs imported from Cuba. When the Caribbean plan failed, Louisiana was worthless to him and he sold it. The United States doubled in size because Black revolutionaries beat a French army.
- Facciones
The Prussian reformers
Stein · Hardenberg · Scharnhorst · Gneisenau
Manufacture a nation, or lose again
Their diagnosis of Jena was not tactical. France had a population that considered the state its own: French soldiers could be trusted to forage and skirmish without deserting because they believed they were the nation, and drilled subjects of a monarch could not. So they set out to manufacture one: abolishing serfdom, restricting corporal punishment, opening the officer corps, and rebuilding education. They were building the army and the school in the same room, in the same years, for reasons they connected explicitly.
Clark, Iron Kingdom (2006), ch. 10
- Figuras
Johann Gottlieb Fichte
An Urvolk, to be produced by schooling
He delivered the Addresses to the German Nation in Berlin in the winter of 1807–08, under French occupation, to a nation that did not politically exist. He located its reality in language, and proposed a completely new national education applied to every child (removing them where necessary from the influence of their parents) to produce Germans where there had been Saxons, Bavarians and Prussians. The proposal to build it by schooling is the admission that it was not there.
Fichte, Reden an die deutsche Nation (1808)
- Figuras
Jacob & Wilhelm Grimm
The Volk, suitably edited
Herder had supplied the idea of a Volk with its own spirit expressed in folk song; the Grimms went out and collected the evidence. The tales were then heavily edited for publication (softened, Christianised, and made more German), which is the standard operating procedure of national tradition rather than a lapse in it.
- Figuras
Benedict Anderson
The nation as an imagined community
Imagined, because no member will ever meet most of the others and yet each believes in a shared, simultaneous life with them. What made the belief technically possible was print capitalism: newspapers and novels in a standardised vernacular, read by strangers on the same morning. Almost everything that now signals ancient national identity in Europe (tartans, anthems, royal ceremonial) dates from the nineteenth century or later.
Anderson, Imagined Communities (1983) · Hobsbawm & Ranger, The Invention of Tradition (1983)
- Figuras
Ernest Gellner
Nationalism invents nations
His formulation is the blunt one: nationalism is not the awakening of nations to self-consciousness, it invents nations where they do not exist, and it does so because industrial society requires a mobile, literate, culturally standardised population. Which is also, exactly, what a mass army requires.
Gellner, Nations and Nationalism (1983)