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Capítulo № 03 · c. 4 BCE – 33 CE

Jesús el insurgente

Un galileo colonizado, una protesta en un templo ocupado, y la pena romana reservada a la sedición.

The prefect comes up for PassoverEntry from the eastJerusalemTemple, treasury, and the seat of the collaborating priesthoodCaesarea MaritimaThe prefect’s residence; the Pilate stone found here in 1961NazarethSepphorisRefounded by Antipas — building paid for out of the countrysideTiberiasAn entire new capital, c. 19 CECapernaumJerichoThe pilgrim road up to the cityMachaerusAntipas’s fortress; where Josephus puts the execution of JohnSea of GalileeGalileeJudaea50 kmN
Atlas Dónde ocurrió. Two processions, one week. From the west, the prefect coming up from Caesarea with cavalry and standards, as Roman governors did at Passover because Passover was when Jerusalem became dangerous. From the east, a Galilean on a donkey, staging the arrival of a king who comes without a war horse. Note the scale bar: the whole theatre of this chapter is about a hundred and fifty kilometres end to end, and the client kingdom paying for Sepphoris and Tiberias is the countryside the parables are set in.
Cronología

Cuándo ocurrió

  1. 4 BCE Herod dies; Varus crucifies two thousand The penalty this chapter turns on, applied in bulk, a generation before.
  2. 6 CE The census of Quirinius Direct rule and a tax assessment; Judas the Galilean revolts.
  3. c. 19 CE Antipas founds Tiberias A new capital, built out of an over-taxed countryside.
  4. 26–36 CE Pontius Pilate, prefect of Judaea Confirmed by the inscription reused in the theatre at Caesarea.
  5. c. 28 CE Baptised by John One of the two firmest facts, because the later church had to explain it away.
  6. c. 30–33 CE The Temple action, then the crucifixion Arrested at night away from the crowds; executed by the penalty Rome kept for sedition.
  7. 36 CE Pilate removed from office Recalled to Rome after a complaint from the Samaritans.
  8. 70 CE The Temple burned The institution the Temple action was aimed at ceases to exist.
Everything datable about the case, and nothing else. Two facts are as firm as anything in ancient history (the baptism and the crucifixion), and both are firm for the same unglamorous reason: they embarrassed the church that had to explain them.

Los términos marcados llevan una definición breve: pasa el cursor o toca en pantalla táctil.

«Y la inscripción de la causa de su condena decía: El rey de los judíos.»

— Marcos 15,26. En la práctica romana el titulus indicaba el delito.

Un hombre es detenido de noche, lejos de la multitud, por un destacamento que actúa por cuenta del sacerdocio colaboracionista de una provincia ocupada. Es entregado al prefecto imperial. Es azotado y ejecutado por crucifixión (la pena que Roma reservaba a la sedición y a la revuelta de esclavos) entre dos hombres a los que el Evangelio más antiguo llama lēstai, la palabra que Josefo emplea para los insurgentes. Sobre su cabeza el pelotón de ejecución fija la acusación: rey de los judíos. Otros dos hombres asociados a él son crucificados al mismo tiempo, y un tercero, retenido por un motín en el que había habido muertos, es puesto en libertad en su lugar.

Si no se supiera nada más, se diría: el Estado mató a un preso político. No es una reinterpretación moderna. Es lo que dicen los documentos, antes de que se les aplique la teología. Este capítulo trata de lo que ocurre si se leen así.

Lo que realmente tenemos

Primero, honestidad sobre las fuentes, porque el argumento vale lo que valgan ellas.

  • Las cartas de Pablo (h. 50–60 d. C.) son los escritos cristianos más antiguos. Son cartas a comunidades, apenas muestran interés por la biografía de Jesús y se escribieron antes que cualquier Evangelio.
  • Marcos (h. 70 d. C.), luego Mateo y Lucas (h. 80–90), que usan a Marcos y un fondo común de dichos, y después Juan (h. 90–100), el más desarrollado teológicamente. Ninguno es un informe desinteresado; todos se escriben para comunidades, en griego, fuera de Judea, después de la guerra.
  • Josefo menciona a Jesús dos veces. El pasaje más largo fue manipulado por una mano cristiana posterior (ningún historiador judío del siglo I escribió «él era el Cristo»), pero la mayoría de los especialistas sostiene que bajo él subyace una noticia más breve y neutra, y la segunda mención, más concisa, del «hermano de Jesús llamado Cristo, de nombre Santiago», se acepta ampliamente como auténtica.1
  • Tácito, escribiendo hacia el 116, registra que el fundador de la secta fue ejecutado bajo Tiberio por el procurador Poncio Pilato: una fuente romana hostil que confirma el modo y la autoridad de la muerte.2

De aquí el consenso profesional extrae muy pocas certezas. Dos de las más firmes son que Jesús fue bautizado por Juan y que fue crucificado por la autoridad romana.3 Ambas son seguras por la misma razón poco lucida: incomodaban a la Iglesia posterior, que tuvo que explicar a un fundador que se sometió a otro predicador y que después murió como criminal condenado. Eso no se inventa.

El país del que venía

La Galilea de los años veinte del siglo I era un territorio cliente bajo Herodes Antipas, y estaba siendo exprimida. Antipas construía (refundó Séforis y levantó una capital nueva entera en Tiberíades), y la construcción se pagaba con el campo. Sobre la tributación de Antipas se apilaban los diezmos y las contribuciones al Templo, y bajo todo ello estaba la aritmética ordinaria de la pequeña agricultura: un mal año significa un préstamo, un préstamo significa una garantía y una garantía significa la tierra. La concentración de parcelas pequeñas en grandes fincas trabajadas por arrendatarios y jornaleros es el clima económico del periodo.4

Léanse ahora otra vez las parábolas. Deudas perdonadas y deudas ejecutadas. Jornaleros esperando en la plaza a que alguien los contrate. Un propietario ausente y sus arrendatarios. Un administrador que falsea las cuentas. Un rico y un mendigo a la puerta. No son metáforas espirituales intemporales que casualmente usan mobiliario agrícola. Son la materia reconocible de un público rural en un reino cliente sobrecargado de impuestos, y lo llamativo es de qué lado de cada transacción se sitúa el narrador.

Bloque de caliza erosionado con inscripción latina que nombra a Poncio Pilato, prefecto de Judea
La piedra de Pilato, hallada reutilizada en el teatro de Cesarea Marítima en 1961 (aquí, el vaciado). El latín nombra a [Pon]tius Pilatus, [praef]ectus Iuda[ea]e y dedica un edificio a Tiberio. Es la confirmación material de que el hombre que firmó la orden de ejecución era un prefecto romano haciendo el trabajo de un prefecto romano.Foto Reinhard Dietrich · Wikimedia Commons · CC BY 4.0

«Reino» no era una metáfora

El término central de la predicación de Jesús en el estrato más antiguo de la tradición es : el reino, el gobierno o el imperio de Dios. El lector moderno oye un estado interior o ultraterreno. Quien escuchaba en el siglo I, en una provincia romana, oía una afirmación sobre quién manda, hecha en un mundo en el que esa pregunta tenía respuesta y su retrato estaba en las monedas.5

El contenido del anuncio es sistemáticamente una inversión. Bienaventurados los pobres; los hambrientos serán saciados; los primeros serán los últimos; los gobernantes de las naciones las dominan y entre vosotros no será así; los poderosos son derribados de sus tronos y los humildes ensalzados. Es el lenguaje profético-apocalíptico judío estándar, y su significado político en una provincia ocupada no requería descifrado alguno.

Dos episodios afinan el punto.

La cuestión del tributo. Preguntado si es lícito pagar el impuesto al César, Jesús pide que le muestren la moneda y pregunta de quién es la imagen. La lectura habitual (una pulcra separación entre Iglesia y Estado) es casi con certeza al revés. Quien pregunta tiene que sacar una moneda imperial en el recinto del Templo, lo cual ya es comprometedor; y para un público judío el aguijón está en la segunda mitad, pues la tierra y cuanto contiene son del Señor, lo que deja al César una parte bastante menor de lo que el César creía. Es una evasiva en la forma y una provocación en el fondo, y por eso las fuentes describen a los interrogadores como quienes intentan tender una trampa.6

La entrada en Jerusalén. Marcus Borg y John Dominic Crossan señalan lo que un peregrino del siglo I habría visto aquella semana: dos procesiones entrando en la ciudad por lados opuestos. Por el oeste, el prefecto llegando desde Cesarea con caballería y estandartes, como hacían los gobernadores romanos en Pascua para disuadir exactamente el tipo de problemas que la Pascua invitaba. Por el este, un predicador galileo sobre un asno, escenificando (deliberadamente, citando a Zacarías) la llegada de un rey que viene sin caballo de guerra.7 Es teatro callejero representado contra un desfile imperial, y es el acto de alguien que quiere ser entendido.

El acto que lo hizo matar

Los cuatro Evangelios registran el altercado en el Templo: mesas volcadas, cambistas y vendedores de animales para el sacrificio expulsados. En Marcos, Mateo y Lucas ocurre en la última semana, y va seguido de inmediato de la decisión de los sumos sacerdotes de acabar con él. El argumento de E. P. Sanders, hoy ampliamente aceptado, es que esa acción es el detonante de toda la secuencia de la pasión.8

Para ver por qué hay que ver qué era el Templo. Era el centro religioso de la nación; era además el tesoro, la sede de la aristocracia colaboracionista y la mayor institución económica de Judea, con un sumo sacerdote que servía a voluntad de Roma. Un ataque a su comercio (aunque fuera simbólico, aunque durase una hora) era un ataque al punto en que la ocupación y la religión nacional estaban soldadas. Y ocurrió en Pascua, la fiesta que conmemora la liberación de un imperio anterior, con la ciudad abarrotada y la guarnición reforzada precisamente porque Roma sabía en qué podía convertirse la Pascua en Jerusalén.

La detención sigue esa lógica: de noche, en un huerto fuera de la ciudad, lejos de la multitud; las fuentes dicen explícitamente que temían al pueblo. No es así como se trata a un blasfemo. Es así como se trata a un hombre con apoyo popular.

La ejecución lee el caso

Todo lo relativo a la muerte es romano y político.

La pena. La crucifixión era una pena de estatus: para esclavos, para rebeldes, para provinciales sin ciudadanía. Estaba diseñada para ser lenta, pública y humillante, y se aplicaba en masa: dos mil tras los disturbios del 4 a. C., cientos al día durante el asedio del año 70.9 Roma no crucificaba a la gente por error teológico. La crucificaba por desafiar a Roma.

La acusación. El es lo más parecido a un acta judicial que tenemos, y nombra un delito político: reclamar la realeza en una provincia administrada por Roma. Precisamente su incomodidad para la Iglesia posterior (un aviso burlón, en voz romana, de una pretensión regia) es la razón para pensar que se recuerda y no se inventa.

La compañía. Es ejecutado junto a dos . La palabra significa bandido, pero Josefo la usa habitualmente para los insurgentes, y Roma no veía diferencias útiles. El hombre liberado en su lugar se describe como detenido por un motín en el que había habido una muerte.

El seguidor armado. La tradición recuerda que al menos un compañero llevaba una espada y la usó. A uno de los doce lo apodan el Zelote; otros dos llevan un apodo que significa «hijos del trueno». Fuera lo que fuese aquel movimiento, no era un club de debate, y Roma no lo confundió con uno.

Donde este capítulo discute consigo mismo

¿Convierte esto a Jesús en un comandante guerrillero? No, y los libros de divulgación que lo afirman van mucho más allá de las pruebas. La tesis de mediados del siglo XX de S. G. F. Brandon sobre un Jesús en la práctica zelote ha sido en gran medida rechazada, y su reactivación por Reza Aslan fue criticada por los mismos motivos.10 La tradición de dichos está llena de material dificilísimo de conciliar con la revuelta armada: amad a vuestros enemigos, poned la otra mejilla, quien toma la espada perece por la espada. La posición de este capítulo es la que sostiene la mayor parte del espectro serio (Crossan, Horsley, Sanders): Jesús encabezó un movimiento de renovación e inversión no violento pero inequívocamente político, y Roma lo ejecutó exactamente por lo que creía que era. El error no es llamarlo revolucionario. El error es llamarlo apolítico.

Después se edita el relato

Aquí está la parte que más importa para el resto de esta crónica. Compárense los cuatro relatos de la pasión en el orden en que fueron escritos y una cosa cambia de forma sistemática: Roma va resultando menos culpable y las autoridades judías y la multitud más culpables.

En Marcos, Pilato es un gobernador que cede a la presión. En Mateo, se lava las manos y una multitud invoca la sangre sobre sí misma y sobre sus hijos. En Lucas, declara inocente al preso tres veces. En Juan, es casi una figura comprensiva que interroga a un filósofo, y los villanos son sencillamente «los judíos».

La tendencia tiene una explicación obvia. Estos textos se escribieron entre el 70 y el 100 aproximadamente, para comunidades dentro del imperio romano, en las décadas posteriores a que Roma aplastara la revuelta judía e impusiera un tributo punitivo a los judíos. Un movimiento que buscaba espacio para existir bajo el dominio romano tenía todos los motivos para explicar que la muerte de su fundador había sido un malentendido local y no un veredicto romano por una acusación romana.11

Las consecuencias duraron diecinueve siglos. La acusación de deicidio, los guetos, las expulsiones, el libelo de sangre, los pogromos y su desenlace industrial descansan todos sobre una decisión editorial tomada por autores del siglo I bajo presión imperial: trasladar la culpa del imperio que lo hizo a la población colonizada que no lo hizo. Es el ejemplo más temprano en esta crónica de un patrón que reaparecerá en cada capítulo: el autor del hecho escribe el relato, y el relato sobrevive al hecho.

Lo que esto prepara

Téngase presente dos cosas al seguir adelante. Primera, el fundador de lo que llegaría a ser la religión de Estado de Europa fue un súbdito colonial ejecutado por una potencia ocupante como amenaza al orden público, hecho en el que la cristiandad europea pasaría casi toda su historia sin pensar mientras hacía a otros lo que le habían hecho a él. Segunda, la edición ya ha empezado. En cuarenta años el movimiento ya está ajustando su relato para sobrevivir dentro del imperio.

El capítulo 4 sigue lo que ese ajuste le hizo al movimiento mismo: la pugna entre la comunidad de Jerusalén dirigida por el propio hermano de Jesús y la misión diaspórica de un hombre que nunca lo conoció.

Notas

  1. Josefo, Antigüedades judías XVIII.63–64 (el Testimonium Flavianum) y XX.200. Sobre el debate de la interpolación, John P. Meier, A Marginal Jew, vol. 1 (Nueva York: Doubleday, 1991), pp. 56–88. ↩
  2. Tácito, Anales XV.44. ↩
  3. Véase E. P. Sanders, The Historical Figure of Jesus (Londres: Penguin, 1993), pp. 10–11, para la lista canónica de casi certezas. ↩
  4. Sean Freyne, Galilee, Jesus and the Gospels (Filadelfia: Fortress, 1988); Richard A. Horsley, Galilee: History, Politics, People (Valley Forge: Trinity Press, 1995). El grado de empobrecimiento galileo se discute: Morten Hørning Jensen, Herod Antipas in Galilee (Tubinga: Mohr Siebeck, 2006), defiende un cuadro más suave. ↩
  5. Richard A. Horsley, Jesus and Empire (Minneapolis: Fortress, 2003), cap. 3; John Dominic Crossan, God and Empire (San Francisco: HarperOne, 2007). ↩
  6. Marcos 12,13–17; Salmo 24,1. ↩
  7. Marcus J. Borg y John Dominic Crossan, The Last Week (San Francisco: HarperOne, 2006), pp. 2–5; Zacarías 9,9. ↩
  8. E. P. Sanders, Jesus and Judaism (Filadelfia: Fortress, 1985), pp. 61–76. Sanders lee el gesto como simbolismo profético de la destrucción del Templo y no como «purificación» de la corrupción. ↩
  9. Martin Hengel, Crucifixion (Londres: SCM, 1977); Josefo, Antigüedades judías XVII.295; La guerra de los judíos V.449–451. ↩
  10. S. G. F. Brandon, Jesus and the Zealots (Mánchester: Manchester University Press, 1967); Reza Aslan, Zealot (Nueva York: Random House, 2013). Para la crítica de la categoría misma de «zelote» (el partido organizado quizá no existió hasta la guerra del 66), véase Richard A. Horsley, «The Zealots: Their Origin, Relationships and Importance in the Jewish Revolt», Novum Testamentum 28:2 (1986), pp. 159–192. ↩
  11. Paula Fredriksen, Jesus of Nazareth, King of the Jews (Nueva York: Knopf, 1999), en especial el tratamiento de los relatos del proceso; y John Dominic Crossan, Who Killed Jesus? (San Francisco: HarperSanFrancisco, 1995), sobre los relatos de la pasión y la historia del antisemitismo cristiano. ↩
Dramatis personae

Quiénes intervinieron

  1. Figuras

    Jesus of Nazareth

    c. 4 BCE – c. 33 CE Galilean preacher; executed for sedition

    A kingdom that was not Caesar’s

    Two things about him are as firm as anything in ancient history, and both are firm because they embarrassed the church that had to explain them: he was baptised by another preacher, and he was crucified by Roman authority. Strip away the theology and the case is legible: a rural preacher from an over-taxed client kingdom, announcing a reign in which the mighty are pulled from their thrones, who disrupted the commerce of the Temple at Passover and was arrested at night, away from the crowds.

    Sanders, The Historical Figure of Jesus (1993)

  2. Figuras

    Pontius Pilate

    prefect of Judaea 26–36 CE Roman prefect

    Rome

    A weathered limestone block, reused in the theatre at Caesarea and found in 1961, names him prefect of Judaea and dedicates a building to Tiberius. It is the physical confirmation that the man who signed the execution order was a Roman official doing a Roman official’s job. The Gospels’ reluctant, hand-washing Pilate is a later softening; Philo and Josephus describe a governor eventually recalled for excessive force.

    The Pilate stone, Caesarea Maritima

  3. Figuras

    Herod Antipas

    c. 20 BCE – after 39 CE Tetrarch of Galilee and Peraea

    Rome, through his father’s arrangement

    He refounded Sepphoris and built an entire new capital at Tiberias, and building was paid for out of the countryside. On top of his taxation sat Roman tribute and Temple dues, and beneath it all the ordinary arithmetic of smallholding: a bad year means a loan, a loan means collateral, and collateral means the land. That is the economic weather the parables are set in.

    Freyne, Galilee, Jesus and the Gospels (1988)

  4. Figuras

    Joseph Caiaphas

    high priest c. 18 – 36 CE High priest of the Jerusalem Temple

    The occupation, and the national religion, at once

    The high priest served at the prefect’s pleasure, and Rome physically held the vestments. That single administrative fact is the key to the whole case: the Temple hierarchy was simultaneously the centre of the national religion and an organ of the occupation, so an attack on the Temple’s commerce (even a symbolic one, even for an hour) was an attack on the joint where the two met.

  5. Figuras

    John the Baptist

    d. c. 28–30 CE Wilderness preacher

    Repentance, and against Antipas

    Josephus, who has no theological interest in him, says Antipas killed him because his influence over crowds looked like the beginning of a rising, a political explanation, from a hostile source, for a political killing. That Jesus submitted to his baptism is one of the two firmest facts about him, precisely because the later church would rather he had not.

    Josephus, Jewish Antiquities XVIII.116–119

  6. Facciones

    The Temple hierarchy

    the chief priests and the Sanhedrin

    to 70 CE Religious centre and organ of the occupation

    Order, on Rome’s terms

    The Temple was the religious centre of the nation; it was also the treasury, the seat of the collaborating aristocracy, and the largest single economic institution in Judaea. Understand that and the arrest makes sense: at night, in a garden outside the city, because the sources say plainly that they feared the people. That is not how you handle a blasphemer. It is how you handle a man with popular support.

  7. Figuras

    E. P. Sanders

    1937 – 2022 Historian of Second Temple Judaism

    The Temple action is the trigger

    Sanders’s contribution was to put Jesus back inside Judaism rather than against it, and to identify the disruption in the Temple (not any teaching) as the act that set the passion sequence running. The argument is now close to consensus, and it has an uncomfortable corollary: what got him killed was something he did in a building, at a festival, in front of a reinforced garrison.

    Sanders, Jesus and Judaism (1985)

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