La Iglesia, Francia y el genocidio
Uno de los países más católicos de la tierra, y clérigos entre los asesinos. Cómo ocurrió, y quién lo armó.
Cuándo ocurrió
- 1 October 1990 The RPF crosses; Opération Noroît begins French paratroopers in Kigali, French instructors training an army that grows from 5,000 to over 30,000, and French soldiers checking Rwandan identity cards at roadblocks.
- December 1990 The Hutu Ten Commandments Any Hutu who marries, employs or befriends a Tutsi declared a traitor.
- March 1993 An international commission of inquiry reports Documenting the massacres of Tutsi civilians that had occurred repeatedly since 1990, rehearsals that killed thousands and produced no consequences at all.
- August 1993 The Arusha Accords Power-sharing, a transitional government, integration of the armies. For the hard core around the president’s family, an existential threat.
- from mid-1993 RTLM begins broadcasting Music, jokes and incitement, using a word that had been in circulation since 1963.
- 11 January 1994 The Dallaire cable Militia trained by the army, Tutsi registered in Kigali for extermination, arms caches distributed. He proposed to seize the weapons and was ordered instead to inform the president.
- 6 April 1994 The aircraft is shot down Who fired remains disputed. What followed within hours is not.
- 7 April 1994 The prime minister and ten Belgian peacekeepers killed An act calculated to remove the strongest contingent in the UN force. It worked.
- 21 April 1994 UNAMIR cut from 2,500 to 270 Two weeks into a genocide that was being reported daily. In the same period over a thousand Western soldiers arrived to evacuate foreign nationals, and left.
- June–August 1994 Opération Turquoise A safe humanitarian zone covering the area still held by the perpetrators.
- 1999–2000 The Carlsson and OAU inquiries Both conclude the genocide was preventable, the information was available, and the failure was one of political will.
- 2016 and 2017 The Rwandan bishops apologise; then Pope Francis For members of the church who participated, and for the sins and failings of the church and its members.
- March 2021 The Duclert report Heavy and overwhelming responsibilities; a colonial reflex; unwavering support for an openly racist regime; and blindness to a genocide visible in France’s own traffic.
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«Francia tiene un conjunto de responsabilidades pesadas y abrumadoras… Permaneció ciega ante la preparación de un genocidio.»
— Informe de la Comisión Duclert, nombrada por el presidente francés y con acceso a los archivos de Mitterrand, marzo de 2021Entre el 7 de abril y mediados de julio de 1994, entre 800.000 y un millón de personas fueron asesinadas en Ruanda en unos cien días. La inmensa mayoría eran tutsis, muertos por ser tutsis; un número considerable eran hutus muertos por oponerse a la matanza o por sospecharse que se oponían.
Dos hechos sobre el país obligan a escribir este capítulo en vez de limitarse a consignar la cifra.
El primero es que Ruanda era uno de los países más cristianos de la tierra. Cerca del noventa por ciento de la población era cristiana, unos dos tercios católicos, con tasas de asistencia a los oficios entre las más altas de África. Las mayores matanzas tuvieron lugar dentro de las iglesias, adonde la gente había acudido porque en todas las oleadas anteriores de violencia (1959, 1963, 1973) la iglesia había sido santuario. Y parte del clero participó.
El segundo es que el Estado que organizó la matanza había sido armado, entrenado, financiado y protegido diplomáticamente por Francia, cuya propia comisión de historiadores nombrada por la presidencia ha concluido ya (usando los archivos del propio Estado francés) que Francia carga con responsabilidades pesadas y abrumadoras.
El camino hacia abril: 1990–1994
El 1 de octubre de 1990 el Frente Patriótico Ruandés (el movimiento armado de la generación exiliada descrita en el capítulo 26) cruzó desde Uganda al norte de Ruanda. La respuesta del régimen fue inmediata en dos frentes: militar y retórico.
En lo militar, Francia, Bélgica y Zaire enviaron tropas en pocos días. Bélgica se retiró pronto. Francia se quedó. La Operación Noroît se prolongó de octubre de 1990 a diciembre de 1993: paracaidistas franceses en Kigali, oficiales franceses asesorando las operaciones del ejército ruandés, instructores franceses (las misiones DAMI) entrenando a un ejército que pasó de unos 5.000 hombres a más de 30.000 en tres años, soldados franceses en las barreras y, esto consta en el registro parlamentario, comprobando carnés de identidad ruandeses, los carnés del capítulo 24.1
La motivación nunca tuvo realmente que ver con Ruanda. Era la doctrina de la influencia francesa en África y lo que los propios funcionarios franceses llamaban el síndrome de Fachoda: el FPR hablaba inglés, venía de Uganda y se leía por tanto en París como un instrumento anglosajón que invadía la esfera francesa.
En lo retórico, el régimen y la prensa extremista convirtieron la invasión en una emergencia racial. En diciembre de 1990 la revista Kangura publicó los «Diez Mandamientos hutus», que declaraban traidor a todo hutu que se casara con un tutsi, lo contratara o se hiciera amigo suyo, y exigían que los hutus dejaran de tener piedad. Desde 1993 la emisora RTLM (privada, popular, financiada por gente cercana al círculo del presidente) emitió un flujo de música, chistes e incitación, usando la palabra , cucaracha, que circulaba desde 1963.
Entretanto los Acuerdos de Arusha, firmados en agosto de 1993, preveían reparto del poder, un gobierno de transición de base amplia y la integración de los ejércitos. Para el núcleo duro en torno a la familia del presidente (el ), Arusha era una amenaza existencial, y el genocidio fue, entre otras cosas, la respuesta a ella.
Las advertencias, y qué se hizo con ellas
La afirmación de que nadie podía saberlo es falsa, y dos investigaciones independientes la han declarado formalmente falsa.
El 11 de enero de 1994, el general de división Roméo Dallaire, al mando de la misión de la ONU, envió un cable a la sede en Nueva York informando de datos aportados por un instructor de alto rango de la milicia : que la milicia había sido entrenada por el ejército, que habían registrado a los tutsis de Kigali para exterminarlos, que se afirmaba un ritmo de mil muertes en veinte minutos y que se estaban distribuyendo alijos de armas. Dallaire propuso incautar las armas. Se le ordenó no hacerlo y se le instruyó que informara al presidente Habyarimana: es decir, que dijera al gobierno que su propio plan había sido denunciado.2
La inteligencia belga, las organizaciones de derechos humanos y una comisión internacional de investigación en marzo de 1993 habían documentado todas ellas las matanzas de civiles tutsis ocurridas repetidamente desde 1990 en Kibilira, Bugesera y otros lugares, ensayos, en la práctica, que mataron a miles de personas y no tuvieron consecuencia alguna.
Los cien días, y la retirada
El 6 de abril de 1994 el avión del presidente fue derribado en la aproximación a Kigali. Quién disparó sigue discutiéndose y esta crónica no toma posición al respecto; lo que no se discute es lo que ocurrió en cuestión de horas. Se levantaron barreras, se usaron listas preparadas, la primera ministra moderada Agathe Uwilingiyimana fue asesinada, y diez cascos azules belgas que la custodiaban fueron desarmados y muertos, un acto calculado para eliminar el contingente más fuerte de la fuerza de la ONU.
Funcionó. Bélgica se retiró. El 21 de abril de 1994, con dos semanas de genocidio del que se informaba a diario, el Consejo de Seguridad de la ONU votó reducir la de unos 2.500 soldados a 270.
En el mismo periodo, más de mil soldados occidentales (franceses, belgas, italianos, estadounidenses) llegaron para evacuar a sus nacionales y se marcharon. Evacuaron a expatriados y, en varios casos documentados, a las mascotas de los expatriados, dejando atrás a personal ruandés que fue asesinado después de su partida. En la École Technique Officielle de Kigali, los cascos azules belgas se retiraron de una escuela donde se habían refugiado unas dos mil personas; la mayoría fue asesinada en cuanto se fueron.
El gobierno de Estados Unidos, mientras tanto, trabajó para evitar la palabra. Las directrices del Departamento de Estado ordenaban a los portavoces decir que podían haberse producido «actos de genocidio» y no que estaba produciéndose un genocidio, porque la Convención sobre el Genocidio crea obligaciones. El descubrimiento de esas directrices en documentos desclasificados en 1998 es uno de los elementos más vergonzosos del registro de cualquier gobierno del periodo.3
Dos investigaciones oficiales posteriores (la investigación independiente de la propia ONU dirigida por Ingvar Carlsson, de 1999, y el panel de la Organización para la Unidad Africana, de 2000) concluyeron que el genocidio se podía haber evitado, que la información estaba disponible y que el fallo fue de voluntad política.
La iglesia
Ahora la pregunta que hay que plantear con claridad: ¿por qué la iglesia católica en Ruanda no detuvo esto?
Porque no estaba fuera del Estado. El arzobispo Vincent Nsengiyumva, de Kigali, formó parte del comité central del partido gobernante MRND desde 1976; el Vaticano lo presionó para que dimitiera del puesto a mediados de los ochenta y él siguió en él hasta 1990. Era además confesor personal de la esposa del presidente. La iglesia era la mayor institución del país después del Estado, dirigía la mayoría de las escuelas y muchos hospitales y poseía propiedades muy considerables. Era un órgano del establishment, no un contrapeso a él.
Porque había construido las categorías. Los capítulos 23 y 24 trazaron la línea: la etnografía misionera convirtió la teoría camita en sentido común ruandés; el obispo Classe defendió el gobierno de los jefes tutsis en términos raciales en los años veinte y treinta; monseñor Perraudin explicó la desigualdad en términos raciales en 1959. Una institución que había pasado setenta años enseñando que Ruanda contenía dos razas no estaba en buena posición, en 1994, para decir que no.
Porque sus declaraciones fueron equívocas cuando importaba. Entre 1990 y 1994 la jerarquía emitió llamamientos a la paz y a la calma que condenaban la violencia en términos generales evitando nombrar la ideología, el partido o la prensa que la organizaban. No hubo excomunión de los organizadores, ni instrucción desde el púlpito de que participar significaba la condenación, ni cierre de las iglesias a los asesinos.
Y porque parte de su clero participó. No es cuestión de acusaciones. Es cuestión de condenas:
- El padre Athanase Seromba, párroco de Nyange, ordenó derribar con una excavadora su propia iglesia con entre 1.500 y 2.000 personas refugiadas dentro. Fue condenado por el Tribunal Penal Internacional para Ruanda y sentenciado en apelación en 2008 a cadena perpetua. Había estado viviendo y ejerciendo como sacerdote en Italia bajo otro nombre.
- Las hermanas Gertrude Mukangango y Maria Kisito Mukabutera, del convento de Sovu, fueron condenadas por un jurado belga en 2001 en relación con la muerte de miles de refugiados en el convento, incluido el suministro de la gasolina usada para incendiar un edificio con gente dentro.
- El padre Emmanuel Rukundo, capellán militar, fue condenado por el TPIR en 2009 por genocidio, asesinato y otros crímenes.
Frente a eso hay que poner a los sacerdotes, monjas y cristianos laicos que escondieron gente, se negaron a entregar listas y fueron asesinados por ello. Fueron muchos. Ambos hechos son ciertos, y la institución lo ha dicho ya, tardíamente: los obispos católicos ruandeses emitieron una disculpa en noviembre de 2016 por los miembros de la iglesia que participaron, y en marzo de 2017 el papa Francisco pidió perdón al presidente y al pueblo ruandeses por los pecados y las faltas de la iglesia y de sus miembros. El papa Juan Pablo II había condenado antes el genocidio insistiendo a la vez en que la iglesia como tal no podía ser considerada responsable de las fechorías de sus miembros, distinción que a muchos ruandeses les resultó difícil aceptar de una institución que había pasado un siglo atribuyéndose el mérito de la formación moral del país.4
Hay una comunidad en Ruanda que constituye el contraejemplo, y merece ser nombrada. La minoría musulmana del país, quizá un uno o dos por ciento de la población en 1994, no participó en la matanza como comunidad. Los investigadores que fueron a buscar el patrón encontraron lo mismo en todas partes: las mezquitas no se convirtieron en escenarios de matanzas como sí las iglesias, los barrios musulmanes como Nyamirambo en Kigali se hicieron conocidos como lugares donde podía esconderse a los tutsis, y los imanes predicaron contra la matanza mientras ocurría, en el momento en que predicar contra ella tenía un precio. La razón que dio la propia comunidad es el sentido de toda esta crónica. Los musulmanes ruandeses rechazaban explícitamente la ideología racial construida para separar a hutus de tutsis: en su enseñanza no había musulmanes hutus ni musulmanes tutsis, solo musulmanes. Una comunidad que nunca había aceptado las categorías camitas no tenía nada que activar en abril de 1994. Hubo excepciones individuales y los investigadores las han registrado, pero fueron raras, y fueron condenadas en su momento por la propia dirección de la comunidad, que es precisamente lo que la jerarquía eclesiástica no hizo. El contraste no se les escapó a los ruandeses: en los años posteriores al genocidio, las conversiones al islam aumentaron mucho, impulsadas, decían los conversos, por el recuerdo de quién había abierto sus puertas.5
Francia
El caso francés lo ha examinado ya la propia Francia, que es lo que lo hace citable en vez de discutible.
En 2019 el presidente Macron nombró una comisión de historiadores dirigida por Vincent Duclert con acceso sin precedentes a los archivos presidenciales, diplomáticos, militares y de inteligencia del periodo de Mitterrand. Su informe, entregado en marzo de 2021, ocupa unas mil páginas. Sus conclusiones:
- Francia cargaba con responsabilidades pesadas y abrumadoras en los hechos que condujeron al genocidio.
- La política francesa estuvo guiada por un reflejo colonial y por el temor a la penetración anglófona, y mantuvo un apoyo inquebrantable a un régimen abiertamente racista.
- Francia permaneció ciega ante la preparación de un genocidio que era visible en su propio tráfico diplomático y de inteligencia.
- La comisión no halló pruebas de que Francia fuera cómplice en el sentido de compartir la intención de exterminar, conclusión que investigadores ruandeses y el informe Muse, encargado por separado, discutieron por demasiado generosa, aceptando a la vez el registro fáctico que la comisión estableció.6
Dos asuntos concretos siguen siendo los más difíciles.
Armas después del embargo. Human Rights Watch documentó entregas de armas a las fuerzas ruandesas derrotadas a través de Goma después del embargo de armas de la ONU del 17 de mayo de 1994, y la misión parlamentaria francesa de 1998 examinó las entregas francesas en el periodo anterior. La cronología de qué se entregó, por quién y con qué conocimiento oficial sigue discutiéndose en detalle; que un ejército genocida siguiera recibiendo armas, no.
Bisesero. Durante la Operación Turquesa (la intervención francesa autorizada por el Consejo de Seguridad en junio de 1994, en el último mes del genocidio), un destacamento francés encontró en las colinas de Bisesero a supervivientes tutsis que les dijeron que allí se estaba cazando y matando gente. El destacamento se marchó y volvió tres días después. Varios cientos de personas fueron asesinadas en ese intervalo. Los tribunales franceses llevan más de dos décadas examinando el episodio; en 2018 los jueces instructores ordenaron el sobreseimiento, confirmado en 2020, decisión que las asociaciones de supervivientes siguen impugnando.7
El efecto mayor de Turquesa es el tema del capítulo 27: la «zona humanitaria segura» que estableció en el suroeste se convirtió en el corredor por el que el gobierno derrotado, su ejército y su milicia pasaron a Zaire.
En mayo de 2021 Macron habló en el memorial de Gisozi, en Kigali. Reconoció las responsabilidades de Francia, dijo que Francia había estado al lado de un régimen genocida y pidió el don del perdón. No usó la palabra disculpa, y fue explícito en que Francia no había sido cómplice. Fue, por un margen considerable, lo más lejos que había llegado ningún presidente francés.
Por qué no vino nadie
La última pregunta es por qué el mundo no hizo nada, y la respuesta que da esta crónica es la que todo el argumento anterior venía construyendo.
No fue que la intervención fuera imposible. La valoración de Dallaire (que una fuerza bien equipada de unos 5.000 hombres podría haber detenido o reducido drásticamente la matanza en las primeras semanas) la han debatido los analistas militares, pero el punto más básico se mantiene: las tropas para evacuar a los extranjeros llegaron en días. La capacidad existía. Se desplegó, se usó para retirar a las personas que importaban y se retiró.
Compárese el trato dado a la antigua Yugoslavia en los mismos años: una fuerza permanente de la ONU de decenas de miles de efectivos, el poder aéreo de la OTAN, cobertura sostenida en primera plana y un tribunal de crímenes de guerra creado con la guerra todavía en curso. La diferencia de recursos asignados a las catástrofes europeas y africanas en el mismo periodo no es sutil, y no requiere una conspiración para explicarse. Requiere solo la valoración diferencial de la vida humana que los capítulos 8 a 14 documentaron fabricándose, legislándose y enseñándose.
Añádase el contexto inmediato: la muerte de soldados estadounidenses en Mogadiscio en octubre de 1993 había producido una directiva presidencial diseñada para mantener a Estados Unidos fuera exactamente de esta clase de operaciones. De modo que el efecto de segundo orden de una intervención africana salida mal fue que se dejó exterminar a otro país africano.
Tres puntos de honradez. Uno: el FPR cometió también crímenes graves, durante la guerra y después, incluida la muerte de tres obispos y otros diez clérigos en Gitarama en junio de 1994, por la que tribunales militares ruandeses condenaron a cuatro soldados, y matanzas de represalia contra civiles hutus documentadas por organizaciones de derechos humanos. El capítulo 28 aborda las acusaciones más amplias de frente y no de refilón. Dos: la responsabilidad de Francia es pesada y está establecida; la acusación de complicidad en sentido jurídico la examinaron historiadores con los archivos delante y no la sostuvieron, y esta crónica lo consigna en vez de pasarlo por alto. Tres: el papel de Bélgica en 1959 y en 1933 (capítulo 24) es sin duda el más profundo en términos causales, y la abrupta retirada belga de abril de 1994 eliminó el contingente mejor equipado del país en el momento decisivo.
Nada de esto es una defensa. Es la diferencia entre una crónica y un alegato.
El capítulo 26 se ocupa de la única fuerza que efectivamente detuvo la matanza.
Notas
- Assemblée nationale, Rapport d'information de la mission d'information sur les opérations militaires menées par la France, d'autres pays et l'ONU au Rwanda entre 1990 et 1994 (el informe Quilès), 1998; Gérard Prunier, The Rwanda Crisis (Nueva York: Columbia University Press, 1995), cap. 4. ↩
- El cable del 11 de enero de 1994, «Request for Protection for Informant», difundido a través del National Security Archive; Roméo Dallaire, Shake Hands with the Devil (Toronto: Random House Canada, 2003). ↩
- Samantha Power, «Bystanders to Genocide», The Atlantic, septiembre de 2001; los documentos de base están en la colección sobre Ruanda del National Security Archive. ↩
- Timothy Longman, Christianity and Genocide in Rwanda (Cambridge: Cambridge University Press, 2010), es el tratamiento académico estándar; véase también Carol Rittner, John K. Roth y Wendy Whitworth (eds.), Genocide in Rwanda: Complicity of the Churches? (Saint Paul: Paragon House, 2004). Sentencias del TPIR: Fiscal contra Seromba, ICTR-2001-66-A (Sala de Apelaciones, 12 de marzo de 2008); Fiscal contra Rukundo, ICTR-2001-70-T (2009). ↩
- Kristin Doughty y David Moussa Ntambara, Resistance and Protection: Muslim Community Actions During the Rwandan Genocide (Cambridge, MA: CDA Collaborative Learning Projects, 2005); Emily Wax, «Islam Attracting Many Survivors of Rwanda Genocide», The Washington Post, 23 de septiembre de 2002; Longman, Christianity and Genocide in Rwanda, sobre la comparación con las iglesias. ↩
- Commission de recherche sur les archives françaises relatives au Rwanda et au génocide des Tutsi, La France, le Rwanda et le génocide des Tutsi (1990–1994) (París: Armand Colin, 2021); Levy Firestone Muse LLP, A Foreseeable Genocide: The Role of the French Government in Connection with the Genocide Against the Tutsi in Rwanda (2021). ↩
- Human Rights Watch, Rwanda/Zaire: Rearming with Impunity (mayo de 1995); sobre Bisesero, el trabajo de Patrick de Saint-Exupéry, Complices de l'inavouable: la France au Rwanda (París: Les Arènes, 2009), y las sucesivas decisiones judiciales francesas. ↩
Quiénes intervinieron
- Figuras
Roméo Dallaire
The mandate he was refused
His cable of 11 January 1994 reported the militia training, the registration of Tutsi in Kigali for extermination, and the distribution of arms caches. He proposed to seize the weapons; New York refused and told him to inform the president. His later assessment, that a properly equipped force of around 5,000 could have stopped or drastically reduced the killing, is debated. What is not debated is that over a thousand Western soldiers arrived within days, to evacuate foreigners.
Dallaire, Shake Hands with the Devil (2003)
- Figuras
Agathe Uwilingiyimana
The transitional settlement
A moderate Hutu prime minister, murdered on the morning of 7 April 1994. The ten Belgian peacekeepers guarding her were disarmed and killed, an act calculated to remove the strongest contingent in the UN force. It worked: Belgium withdrew, and on 21 April the Security Council cut UNAMIR from about 2,500 troops to 270.
- Facciones
The akazu
"the little house"
Against Arusha, at any cost
The hard core of the regime (family, northwestern clients, army officers, businessmen), for whom the Arusha Accords of August 1993, with their power-sharing and army integration, were an existential threat. The genocide was, among everything else it was, the answer to a negotiated settlement that would have ended their monopoly.
Des Forges, Leave None to Tell the Story (1999)
- Facciones
Interahamwe
"those who attack together"
Hutu Power
Trained from 1992 by the army, and the primary non-state force in the killing. In January 1994 a senior trainer told the UN force that Tutsi had been registered in Kigali for extermination and that a rate of a thousand killings in twenty minutes was claimed. The commander proposed to seize the arms caches and was ordered instead to inform the president: that is, to tell the government its own plan had been reported.
Des Forges, Leave None to Tell the Story (1999)
- Facciones
RTLM
Radio Télévision Libre des Mille Collines
The president’s circle
Music, jokes, phone-ins and incitement, using the word inyenzi — cockroach — that had been in circulation since 1963. Its organisers, and those of the magazine Kangura, were convicted at Arusha in the Media Trial. Two generations of Rwandans had already been taught in mission classrooms that Tutsi were foreign invaders from the north; the radio did not have to introduce the idea.
ICTR, Nahimana et al. (the Media Trial)
- Figuras
Vincent Nsengiyumva
The establishment he sat on
He sat on the central committee of the ruling party from 1976 and remained on it until 1990, after the Vatican had pressed him to resign the position, and was personal confessor to the president’s wife. The church was the country’s largest institution after the state and ran most of its schools. It was an organ of the establishment, not a check on it, which is most of the answer to why it did not stop what happened.
Longman, Christianity and Genocide in Rwanda (2010)
- Figuras
Athanase Seromba
Convicted
He ordered the bulldozing of his own church with roughly 1,500 to 2,000 people sheltering inside, and was sentenced on appeal in 2008 to life imprisonment. He had been located in 2001 by a journalist, living and serving as a priest in Italy under a different name. Against him must be set the priests and nuns who hid people, refused to hand over lists, and were killed for it. Both facts are true.
ICTR, Prosecutor v. Seromba (2008)
- Figuras
Vincent Duclert
The archives, opened
His commission was given unprecedented access to the presidential, diplomatic, military and intelligence archives of the Mitterrand period, and reported in 2021 in about a thousand pages: heavy and overwhelming responsibilities, a colonial reflex, unwavering support for an openly racist regime, and blindness to a genocide visible in France’s own traffic. It found no evidence of complicity in the legal sense, a conclusion disputed as too generous, by people who accept the factual record it established.
La France, le Rwanda et le génocide des Tutsi (2021)